Salud mental en la universidad: ¿Qué pasa cuando nos olvidamos por cumplir con responsabilidades?

Jorge Ochoa Piña, Secretario de Asuntos Académicos FEUV, Estudiante de Medicina

La recientemente publicada Encuesta Nacional de Salud Mental Universitaria viene a objetivar una realidad de la que como estudiantes universitarios somos testigos a diario; los altos niveles de estrés, ansiedad y depresión en la juventud son resultado de un sistema educativo –y por cierto económico– que ha demostrado estar obsoleto y que demanda a gritos una reforma estructural. Las responsabilidades inmediatas recaen en las mallas curriculares sobre-tecnificadas que se traducen en una alta carga académica, en conjunto con una metodología de enseñanza paternalista en la que el estudiante es un mero receptor de información, y un sistema de evaluación que no contempla los distintos métodos de aprendizaje. Sin embargo, las causas de esta problemática son estructurales y responden a una lógica de sociedad neoliberal en la que, incluso la educación, es considerada un bien de consumo.

El rol histórico de las Universidades fue la innovación y la generación y difusión del conocimiento de las artes, las ciencias, las humanidades y las tecnologías; a través de la formación de ciudadanos críticos con un profundo sentido de responsabilidad con la sociedad, inculcando valores como la solidaridad, la inclusión y la participación cívica, aportando al desarrollo local y nacional. Lamentablemente la incidencia de las leyes del mercado en las Instituciones de Educación Superior, que han visto en ellas un nicho económico altamente sustentable, ha transformado las Universidades en una especie de industrias capaces de producir en serie una masa de profesionales asalariados cuyo fin es la integración a un mercado laboral hostil, precarizador e injusto, que se sustenta en la explotación del trabajador para la acumulación de capital de unos pocos, promoviendo la competencia, el individualismo y falta de empatía. Los jóvenes chilenos nos encontramos frente a una encrucijada al salir de la educación media, las opciones laborales disponibles son casi nulas si no se cuenta con un título técnico o profesional, y somos testigos de cómo nuestros padres y abuelos que han dedicado su vida al trabajo se encuentran totalmente desprotegidos con un Estado ausente, que no garantiza el derecho a la salud ni una vejez digna; con un sistema judicial totalmente parcial que castiga la pobreza y nos tiene acostumbrados al abuso de la burguesía.

La presión familiar y social por ingresar, mantenerse y concluir los estudios superiores «para surgir y ser alguien» nos llevan a sobre-exigirnos, dejar de lado nuestros gustos, hobbies y amigos, a automedicarnos, muchas veces dormir menos y mal y alimentarnos peor; en general a adquirir hábitos dañinos sólo por cumplir las exigencias de una estructura de enseñanza que no considera las realidades sociales de la diversidad de estudiantes, y que no se hace cargo de los estudiantes que cumplen roles sociales más allá de la academia como las madres, padres, cuidadores y trabajadores, ni de aquellos que provienen de otras zonas geográficas del país cuyas familias hacen un esfuerzo económico importante para permitirles a sus hijos estudiar. 

Las responsabilidades del aprendizaje se individualizan y recaen en cada estudiante en particular y no en la totalidad del proceso educativo, por lo que el reprobar o no obtener las calificaciones esperadas se interpretan como un fracaso personal lo que se traduce en un cuestionamiento de las habilidades, herramientas y preparación propias, en un ambiente que castiga y margina al que de queda atrás. Esto sumado al miedo inminente de perder los beneficios estatales y/o tener que endeudarse por años para terminar los estudios crea el escenario perfecto para tener una juventud sumida en la desesperanza e incertidumbre, altamente propensa a desarrollar trastornos de salud mental.

¿Con esta desoladora ecuación cómo esperamos obtener resultados diferentes? Creo importante recalcar que no hay que desconocer las bases científicas y biológicas de estas condiciones, sin embargo, la solución a ellas no pasa sólo por la medicalización, sino que demandan un cambio en la estructura de relaciones de producción propias de una sociedad neoliberal.

Es por ello que el movimiento estudiantil y el CONFECH deben hacerse cargo y parte de las demandas por una salud integral digna, cuestionarse las condiciones de permanencia en las Instituciones de Educación Superior y, por sobre todo, rearticular el tejido social fomentando los espacios de encuentro, participación e integración a la comunidad universitaria y al territorio, que permita no sólo conocernos y generar redes de apoyo, sino también organizarnos y luchar unidos por recuperar nuestros derechos. En ese sentido el objetivo en lo próximo debe ser comprometer a las casas de estudios a generar las instancias necesarias para mejorar la calidad de vida de sus alumnos, pero siempre apuntando a construir una sociedad con mayor justicia social, en la que el tamaño de la billetera no determine el grado de  dignidad con la que vivimos.

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *