La Constitución del 80: Una vasija a punto de explotar

Por: Pyska

En las heroicas jornadas vividas durante las últimas semanas, se ha demostrado que la estructura institucional que ha logrado apresar al progreso de nuestra sociedad se encuentra más fracturada que nunca. Dicha estructura -La Constitución del 80- se ve incapacitada de contener a una sociedad que ya ha cambiado de rumbo, como también se muestra incapaz de reparar sus fracturas evidentes.

Para graficar esto de mejor manera hay que pensar a las sociedades, su progreso y a sus necesidades materiales como un chorro de agua que emana de una fuente; a los márgenes jurídicos que se imponen a través de la Constitución hay pensarlos como la vasija que trata de contener a dicho chorro de agua viviente y en constante movimiento. Toda cosa que emana no es pareja, ya que cambia dependiendo de las circunstancias y de los momentos, por esta razón, nuestro chorro de agua puede dispararse con mayor presión o brotar en cantidades tales que resultan incontrolables para recipientes incapaces o que en definitiva, no están construidos en función de captar las verdaderas necesidades de una sociedad.

Bajo esta ilustración, la actual Constitución es una vasija creada en condiciones absolutamente distantes a las realidades sociales y materiales de Chile, podríamos imaginarnos de hecho, a la Dictadura y a la Comisión Ortúzar (Comisión encargada de redactar la actual Carta Magna) como una Santa Alianza de la infamia, donde la dictadura a través de la represión, la persecución y la tortura rebajó y desmoralizó nuestra sociedad a un punto en el cual los ideólogos constituyentes lograron implantar unos márgenes jurídicos a la medida del proyecto Neoliberal.

Este enroque fue esencialmente regresivo y reaccionario. Ante el temor que la UP despertaba en los señores de Chile, no se podía hacer nada más que recurrir al uso de la fuerza para debilitar el desarrollo natural de la Historia y de sus fuerzas progresistas. Pero la Historia sigue indefectiblemente su curso y ni todo el daño producido por la tortura y el asesinato puede evitar que el agua retome su cauce, en nuestro caso, es completamente visible que tuvieron que pasar 30 años de luchas, organización y maduración política para empezar a fracturar nuestro actual contenedor.

Por otro lado, la rigidez de la actual constitución la hace impermeable a toda voluntad de moldear la sociedad: no solamente nuestra vasija no está lista para el devenir de la historia, sino que tampoco es capaz de reparar las fracturas que el creciente y embravecido chorro de agua ha generado con el transcurso de los años. El mismo Jaime Guzmán decía “La Constitución debe procurar que si llegan a gobernar los adversarios, se vean constreñidos a seguir una acción no tan distinta a la que uno mismo anhelaría”. Si bien a simple vista nos puede parecer que esta formulación resulta lapidante, en realidad lo que logra es tensionar de sobremanera la correspondencia entre el objeto (La sociedad y sus necesidades) y el concepto (La Constitución). Dicha tensión se ha demostrado a lo largo de los años y ha tomado la forma de distintos movimientos sociales: el movimiento secundario del 2006, el movimiento estudiantil del 2011 y sus consecuencias culturales y políticas posteriores, los movimientos a favor del medio ambiente, los que están en contra del sistema de pensiones actual y más recientemente los movimientos feministas y de disidencias sexuales. La actual constitución en su total desapego y desinterés de representar a la realidad material y tangible del pueblo y los distintos movimientos sociales, carece de un concepto necesario para el desarrollo de la Historia: el concepto de “crítica inmanente” el cual refiere a la característica de un sistema para crecer, crearse y transformarse a sí mismo bajo sus propios parámetros internos.

Creo que para superar profundamente la actual crisis se necesita de 2 cosas: la primera es agudizar de sobremanera el chorro social hasta reventar la vasija, ya que sabemos que no existe ni la fuerza ni la voluntad necesaria dentro de la institucionalidad actual para seguir los procedimientos jurídicos de reforma constitucional. La segunda, y creo que más importante aún, ya que determinará el futuro de nuestro país, es la creación de una nueva vasija a través de métodos democráticos y que asegure derechos sociales básicos (que es lo que se ha estado disputando en los últimos años alrededor de la contradicción Neoliberalismo contra Democracia) pero también es necesario que nuestro concepto coincida de tal manera con nuestro objeto que sea capaz de contener y adaptarse a las necesidades venideras del pueblo chileno. La Nueva Constitución debe de ser permeable a la voluntad popular, debe de ser dinámica y no estática, debe de asegurar esa relación y unión entre la sociedad y el gobierno.

Si nos entendemos como seres cambiantes y en constante desarrollo, ¿por qué entonces no pensar en un nuevo país capaz de captar dicho movimiento y de desplegarlo de forma revolucionaria y perpetua? Quizás el acto fundacional de querer domar la corriente dentro de una vasija para volverla parte del interés individual es el error. Quizás debemos tratar que el agua de forma al cauce y el cauce de forma al agua, para que así todas y todos podamos beber de ella sin limites y sin pesadillescas restricciones.                                 

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