Chernobyl en un país anticomunista

Por Asterion.

Existe un libro que recopila una serie de relatos japoneses llamado “El dedo y la luna”. En él se explican distintos koans (historias que buscan tener una labor pedagógica en el budismo zen) y haikus (poemas llevados al nivel más sintetizado). Su nombre proviene de un viejo proverbio que dice: “Cuando el sabio señala la luna, el tonto mira el dedo. Pero el dedo y la luna son de mundos distintos, dos realidades distintas”. Chernobyl comienza dictando “¿Cuál es el costo de las mentiras? No es que vayamos a confundirlas con verdades. El peligro es oír tantas que ya no reconozcamos la verdad.”, y sin embargo las voces de quienes vieron la serie se alzan resaltando su anticomunismo, y los anticomunistas de siempre se alzan a (como siempre) atribuirse la propiedad de la razón. Aun ante todo, es difícil batallar contra la calidad de la misma, y todos los días alguien mas se hace participe del debate. Por lo mismo quisiera, desde mi propia subjetividad, analizar ciertos puntos del argumento presentado por HBO, como este evoluciona, y hacer notar que la serie y Chile pertenecen a mundos distintos, a realidades distintas.

Resulta preciso comenzar diciendo que el propósito de esta serie no es relatar la historia. De todos los momentos que componen el accidente, el show se queda solo con los que resulta conveniente exponer, generalmente relacionados a tres temáticas; el accidente en sí, las consecuencias del mismo y la burocracia soviética. No es casual que estos sean los tópicos de los alegatos de los protagonistas al final de la serie. Hasta aquí, los primeros dos se relacionan a la ciencia y el mensaje, mientras el tercero es el que va definiendo el ritmo, la ambientación histórica, y también el que nos impide lograr un análisis más profundo y nos ciega a nuestra propia realidad. Para salir de esa condición, vale preguntarse ¿Qué estará buscando el creativo gringo al proponer esta historia? ¿De qué cosas está hablando la gente que le interesa a ese creativo? ¿Cuál es su público objetivo? Sería baladí querer dejar mal parado al único gran enemigo que ha enfrentado a los Estados Unidos por la hegemonía del mundo, sería fútil querer dejar a los soviéticos de malos cuando, para el hemisferio norte occidental, siempre fueron los malos. Ese creativo en su estudio no piensa en las vanguardias políticas latinoamericanas o en los imaginarios construidos por dictaduras bananeras y sustentados por gobiernos neoliberales. Difícil culparlo, entre otras cosas, porque de nuestros bolsillos no sale su sueldo y porque las decisiones del mundo no pasan ni por nuestras manos ni por las de nuestros gobernantes. Chernobyl no cuenta nada más que lo que ya creen (casi) todos en el primer mundo, y lo hace porque tiene que enganchar la otra parte de su argumento, de lo contrario se le consideraría sosa e indulgente. Desde esa arista genera un enfrentamiento abierto y explícito con la primera temática, el accidente en sí. Esta quizás es la parte más interesante y la que más lamento se diluya en las opiniones furiosas de los críticos de la serie, es al mismo tiempo la más ligada a la ciencia y de cómo los conocedores de ella hacen lo que pueden en un ambiente que los persigue por sus buenas intenciones. Legasov y su ficticia compañera Khomyuk constantemente son los pájaros de mal agüero, tímidos en un principio de la verticalidad del estatus quo, frustrados a medida que cada punto ganado vuelve a cuestionarse, iracundos para cuando ya se les solicita relatar lo sucedido. Este conflicto (oficialidad vs ciencia) está más vigente que nunca, es un pilar central de la mayoría de los debates en los países más poderosos y está tan lleno de sobreinformación que resulta difícil saber que es cierto y que no. Es un tema tan contemporáneo que hace no más de dos meses, el congreso estadounidense debatió (y rechazó) una propuesta llamada “Green New Deal”, que sentaba las bases sobre el debate respecto a la responsabilidad de la industria en el calentamiento global, y por muy impresionante que parezca, ante este llamado a abrir el debate las autoridades conservadoras argumentaron desde la verborrea más ridícula que “se estaba buscando prohibir el consumo de carne de vacuno, y por consiguiente el consumo de hamburguesas” (link de referencia al final). Chernobyl, desde mi punto de vista, busca que en la sobremesa de las familias conservadoras, donde se discute el final de juego de tronos y lo “dope” que es el capitán américa, alguien diga en algún momento “Quizás en este tema estamos siendo como los soviéticos”, y desate discusiones sacadas de foco por la sobreinformación conveniente y las cámaras de eco. Esa sola analogía, cargada de imprecisiones históricas y vociferada con la liviandad de lo cotidiano, puede ser suficiente para comenzar a cambiar las mentes y corazones de miles de personas que siguen creyendo que el calentamiento global es un invento de los chinos. Esto lo ligo a la tercera arista de la serie, las consecuencias del desastre nuclear. El show no está interesado en ser tan científicamente preciso con la ciencia médica como sí lo es con la ciencia detrás del reactor, y es que su intención es la explicites, el gore, las personas desfiguradas por el hálito radioactivo del grafito y los animales sacrificados por culpa del mismo. En este apartado, el único donde se puede mostrar lo que se quiera sin miedo a ser juzgado de poco preciso, se opta por el shock gráfico, algo que tiene sentido si lo que pretendes es generar conciencia a través de las pasiones y el terror.

Con todo esto, no quiero defender la crítica al estado soviético. Me parece una caricatura hecha por un niño, especialmente en escenas como la de Bielorrusia que enfrenta a la protagonista con un alto cargo del partido comunista. Dudo que esa haya sido la realidad de una potencia mundial. Dudo también que los mineros del carbón no conocieran a su ministro, y dudo que este llegara con armas y un traje brillante. Dudo de la frivolidad con la que los funcionarios del estado mandaran a morir a sus compañeros y compañeras, el pueblo soviético conoció demasiado bien el dolor de la muerte en los tiempos de la segunda guerra mundial para tratarla con ligereza. Son esas dudas, propiamente legítimas, las que levantan una cortina de humo frente a la serie.

Quisiera entonces terminar este escrito vinculando estas dudas con el proverbio enunciado para presentarlo. Son estas ineludibles en un país que por años se ha resistido a aceptar el imaginario del comunismo impuesto a sangre y fuego por la dictadura, a caricatura y propaganda por el neoliberalismo. Chile, desde esa memoria histórica, cuando Chernobyl le señala la luna mira el dedo y se enfrasca en el debate sobre si el comunismo es la leyenda heroica de los cuadros de Yuri Gagarin o el horror del exterminio de Pol Pot. La lectura de los productos culturales está siempre sujeta (a veces incluso lacerada) por las construcciones sociales cultivadas en el cotidiano de nuestras vidas, esas que se incrustan en lo mas privado, esas que por estos días se derrumban poco a poco por ese grito tan manoseado de “deconstrucción”. Entonces es válido argumentar que si bien en esta tanda estamos en la vereda del tonto, no somos culpables de estar afectos a las condiciones que se nos han impuesto como sociedad, y en todo caso (mi mantra por estos días) nadie está más allá de la redención. Esto lo digo también desde la vereda más humana y global posible, en contraposición al misántropo nihilismo que consume todas las conversaciones que nos involucran como especie. Nuestra es la responsabilidad de inundar las calles por la reivindicación ecológica más allá de cualquier superstición metafísica, más allá de cualquier mentira, de cualquier volador de luces que unos pocos ponen en la palestra con la idea de quemarlo todo y seguir siendo, indiferentes, dueños de las cenizas.

Link: https://www.nytimes.com/2019/03/08/climate/hamburgers-cows-green-new-deal.html

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